Irme lejos cambió mi vida y me acercó a quien soy hoy en día

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Artículo escrito por: Jessica Tejeda, estudiante de la Universidad Galileo.

En marzo del 2014 decidí cumplir uno de los más grandes sueños que siempre había tenido, realizar un intercambio a otro país. Esta idea llega a mi cabeza por medio de AIESEC, una organización que me ofrece la oportunidad de hacer un voluntariado internacional por un periodo mínimo de 6 semanas. Al principio yo buscaba oportunidades en países como Argentina o España, pero no encontraba un proyecto que llenara mis expectativas. Luego de casi un mes de estar buscando proyectos, encontré lo que para mí era el proyecto ideal y lo único que me hacía dudarlo era el país (no tanto por mí, pero si por cómo lo tomarían mis papás). El proyecto era en Egipto, en este país encontraba todo lo que había pensado, una nueva cultura, un idioma diferente, costumbres y tradiciones a las cuales no sabía si me adaptaría, un gran reto y mucho por explorar.

Algo que nunca voy a olvidar es que la primera vez que yo les comenté a mis papás que quería realizar mi intercambio en Egipto, su cara de: “Estás loca” no faltaron, pero después de plantearles bien la idea y contarles más de mi proyecto, me dieron su apoyo incondicional. Luego de varios trámites de visa, compra de boleto, seguro y por supuesto empacar ropa “adecuada” para el país, el 28 de mayo del 2014 tomé mi avión con destino a cumplir lo que, hasta esa fecha, era no más que un sueño. Recuerdo que ese día no faltó el estrés y las despedidas acompañadas por un par de lágrimas, yo era un mar de sentimiento, pero en ese momento me dominaba la emoción y no fue hasta el momento en el que me bajé del avión (después de un viaje de 30 horas) que sentí miedo. Mi cabeza daba mil vueltas y no sabía si habría alguien esperándome afuera, mi maleta no salía. Toda la gente vestía diferente, el humo de cigarro y el calor eran impresionantes y luego cuando, por fin, llegó el momento de salir del aeropuerto escuché mi nombre y me sentí nuevamente segura y confiada.

Desde mi primera hora experimenté cosas nuevas. Mi proyecto era sobre manejo de páginas web; este se adaptaba perfectamente a mí, pues estudio Ingeniería en Informática y Sistemas. Luego de un mes comencé a trabajar en otro proyecto de Marketing…para ser sincera, no tenía ni la más mínima idea de qué era esto y jamás pensé que yo podría llegar a trabajar en algo así, pero me gustó muchísimo y, sobre todo, desarrollé un gran aprendizaje que estoy segura no hubiera aprendido en la universidad. Vivir dos meses fuera de mi casa me ayudó a descubrir mejor quien era, salí completamente de mi zona de confort, conocí a más de 300 personas de más de 30 ciudades diferentes, a quienes a pesar del tiempo y distancia aún puedo llamar amigos (algunos que más que eso se convirtieron en mi familia), probé las comidas más raras que alguien puede imaginar, conocí lugares impresionantes, reí, trabajé, lloré, me enfermé, pero sobre todo me enamoré de Egipto y todo lo que este país tiene para ofrecer.

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Como toda buena experiencia llega a su fin, el 29 de agosto del 2014 nuevamente me subí a un avión para volver a mi país, lista para otras 30 horas de vuelo, pero segura de una cosa: la persona que hoy tomaba ese avión era una persona completamente diferente a la que hace dos meses estaba iniciando esta aventura. Al momento de volver todos me preguntaban cómo me había ido y, para ser sincera, no tenía palabras para describir lo que había vivido, la nostalgia y la tristeza de haber dejado el país que para mí se volvió mi segundo hogar me invadían, pero lo que había ganado y aprendido jamás lo perdería. Hoy en día me atrevo a decir que ese intercambio le dio un giro completo a mi vida. Antes de tomarlo yo era la niña consentida de casa que vivía cómodamente y no debía preocuparse por nada más que la universidad y las fiestas a las que iría. Aprendí a ahorrar y administrar mi dinero, gané muchísimos amigos con los que compartí de todo tipo de experiencias, cambié completamente mi perspectiva acerca de otros países, obtuve experiencia laboral, aprendí cosas que no imaginé, valoré más que nunca lo que tenía en mi casa, viví en un cuarto con 5 personas y 2 camas, pero aprendí también que debo adaptarme a todo lo que se me presente, vivir y disfrutar cada momento como si fuera el último y a siempre dar lo mejor de mí. Agradezco infinitamente a AIESEC y a mis papás por darme esta oportunidad, la cual hasta este momento de mi vida considero como la mejor que he tenido y sé que sería una persona completamente diferente si no hubiera tomado este reto.

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